El terror en la oscuridad: Nocturama y las incertidumbres

Vivimos en un mundo cada vez más complejo y, paradójicamente, cada vez más documentado, analizado, informado.. Es sencillo por lo tanto, comprender nuestra irrefrenable atracción hacia las (supuestas) certezas absolutas. Cuando algo estalla en Paris señalamos a los turbantes. Cuando algo estalla en Estados Unidos señalamos al Control de Armas. O a los turbantes. Si arde en Galicia buscamos brigadistas, moteros encapuchados. Políticas nefastas de la Xunta. Pero necesitamos algo a lo que aferrarnos siendo la certidumbre el suelo sobre el que caminamos. No nos importa que los atentados perpetrados contra el satírico Charlie Hebdo fuesen reivindicados por Ansar al-Sharia en el Yemen. ¿Ah, que no era el ISIS? Bueno, ambos son fundamentalistas con turbantes.

La era de la hiper-información nos ha malcriado, y más allá de comprender nuestras realidades, queremos buscar culpables para así legitimar nuestros miedos. Nocturama nos abofetea para así arrojarnos a su realidad inexplicable.

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Un puñado de jóvenes de clase media se convierte en un ejército urbano dispuesto a sembrar el pánico en las calles. Paris arde y no hay respuestas. No las dan los noticiarios, no las da Manuel Vals, no las da el timeline de Facebook. Las avenidas descansan en un inquietante silencio. Solo un sentimiento perfectamente descrito por una muchacha parisina que alcanza a murmurar

tarde o temprano pasaría

Vagos alegatos anti-establishment jamás definidos combinados con críticas hacia las grandes bancas, hacia el consumismo occidental o hacia la falta de horizontes en la realidad actual. Todo ello en un murmullo, indefinido, difuso. Suficiente para que dichos jóvenes se coordinen y partan la calma de la cotidianidad en varios pedazos. Aparecen ecos de los estallidos revolucionarios en el Paris del 68. La sociedad cansada parece que se ha cambiado el traje, dejando su cinismo y pasividad para asestar un golpe hacia el contrato social. O quizás no. Aquí las pintadas ya no tienen esa violenta carga simbólica. Tampoco el sistema necesita anti-disturbios para mantener el status-quo.

La sociedad permanece muda.

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Nada más se nos revela.

La sofistificación de los métodos disruptivos ha evolucionado profundamente. El 11 de Septiembre consiguió que el terrorismo pudiese ser visto por muchos como una de las formas artísticas más elevadas, llena de significados y significantes y llevando las nociones de estética a otro nivel. Los jóvenes de Nocturama parecen seguir la estela en su pretensión de alcanzar este tipo de belleza. Pocas cosas cargan con una simbología tan potente. La coordinación de la explosión de tres edificios tan alegóricos como importantes (un importante rascacielos, el Ministerio de Interior, la Bolsa de Paris) con la quema de la estatua de Juana de Arco.

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Ya no hay ni dioses, ni viejos ni nuevos, en esta República desnortada. Y ya van cinco. Las llamas no vienen de los bainleus. Las llamas vienen de barrios acomodados, provocadas por jóvenes universitarios a los que usted teme tener que llegar a temer. Porque si se desdibuja la línea entre los ciudadanos y los bárbaros, ya no habrá mucho en lo que creer.

Las lineas son intrazables. No existe reivindicación alguna. Estos jóvenes poco tienen que ver con el arquetipo del guerrero comunista de los 70 y los 80. Se desbarata el axioma de que los orígenes y objetivos del terrorismo contemporáneo son puramente religiosos y/o políticos. Del cruzado religioso del siglo XXI. Hasta es delicado utilizar el concepto terrorismo puesto que el componente a-ideológico y a-reivindicativo del golpe desbarata los esquemas. ¿A que nos aferramos? Vandalismo, chiquillada, terror. Algo falla.

Es pertinente la frase de Johnny Cash

“Well I shot a man in Reno just to watch him die”

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Nocturama proyecta la percepción (o fantasía, o pesadilla) de que este tipo de estallidos puedan llegar a suceder algún día. Algún día cercano, se me entiende. Tras esta coreografía llena de planos secuencia traseros que obligan a señalar la correlación con Elephant, el segundo acto nos lleva al centro comercial en el que nuestros deracinés se refugian. Tienen por delante un largo rato de espera, horas tras las cuales deberían poder regresar a sus vidas, saliendo de toda sospecha.

La sociedad agotada, la sociedad abatida, también es la sociedad del hiperconsumo. Este escuadrón perfectamente coordinado, incisivo y metódico se transforma. La fachada se desmorona, y el objetivo deja de ser la iniciativa. Ahora toca esperar.

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Horas muertas en unos grandes almacenes de lujo. Evadiéndose de si mismos (hecho subrayado en el ansia absoluta por fumar de algunos personajes), acaban recreándose en las distintas mieles que los distintos establecimientos ofrecen. El ejército se transforma en un atajo de niños inseguros jugando a ponerse trajes y a darse baños relajantes. Caros vinos, videojuegos en pantallas de alta definición, patés de cien sabores, quesos de mil variedades o desfiles de moda portando las más altas marcas. Pero las horas acaban revelándose como demasiadas, y el opio no consigue acallar las conciencias confusas y asustadas de nuestros protagonistas. Cuando se disipa la niebla de placer de sus mentes, los demonios se desatan.

El silencio eterno acaba deconstruyéndolos. Tras mirarse a los ojos se dan cuenta de que lo único que les queda es el pánico.

-Cannes dio un paso atrás rechazando esta película en su muestra oficial, debido a la coincidencia del lanzamiento de ésta con varios atentados terroristas. Un gesto, a mi parecer cobarde.-

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