Velocidad, realismo social y denuncia: El Salario del Miedo

Mi película favorita relacionada con motores y tensión no es Mad Max. Aunque reconozco que Mel me puso la piel de gallina. Tampoco lo son Drive, Bullit, Driver, Italian Job (la buena, la de Caine) o Herbie (la buena, la de Lohan). Lo más tenso a lo que me he enfrentado que implique pistones se llama El Salario del Miedo (1953).

Tras varios minutos intentando hallar algo fresco para llevarme a las retinas, llegué a un nombre desconocido entre el público de salas comerciales, Henri-George Clouzt. Con un par de búsquedas descubrí que este director francés, quedó a caballo entre el cine clásico francés y el movimiento rupturista de la nouvelle-vague. Difuminado entre dos corrientes (leí), ganó con esta película el Oso de Oro en Berlín, la Palma de Oro en Cannes y el BAFTA a Mejor Película. Presentada, por tanto, como una de sus obras más elevadas, El Salario del Miedo, cuenta con un extraño argumento en el que se mezclan elementos de difícil conexión. Atraído por tal exotismo, hice click. Me fuí a Las Piedras.

La película aborda temas característicos en el cine de posguerra: miseria, codicia y redención. El escenario es un país ficticio de America Latina, lugar en el que confluyen personajes de lo más variopinto, todos ellos marcados por la falta de aspiraciones y de oportunidades. El lugar está perdido en medio de la nada, no existe un tejido productivo, y la gente malvive y orbita alrededor de una cantina de mala muerte. En este primer acto, la película me evoca al Buñuel social de Los Olvidados.  Clouzt dibuja un cuadro en el que se dan cabida personajes de múltiples nacionalidades confinados en esa cárcel sin barrotes cuando habían llegado buscando una especie de Arcadia. Alemanes, españoles, italianos, ingleses… Deshechos de sociedades europeas abrasadas por la II Gran Guerra, atrapados y obligados a permanecer en un lugar profundamente marcado por las huellas coloniales.

cuando hablo del costumrbismo

Un gran logro de la película es su silencio. En ningún momento se es dada biografía alguna de los múltiples personajes que van desfilando ante nosotros. No es necesario. Cada mirada, cada susurro, cada escupitajo a la arena humeante es el grito de un desheredado. De un apátrida. Estos personajes interactúan con los locales con un marcado etnocentrismo que denota que, a pesar de sus condiciones, el pensamiento neo-colonial sigue trazando la división entre civilizados y bárbaros.

A través de la mirada de un recién llegado, descubrimos que, además de la cantina, la única industria del paraje son unos pozos de petróleo explotados por estadounidenses. “Allí donde hay petróleo, hay americanos” se puede escuchar a varios pueblerinos. El realismo social transmuta en una crítica hacia el parasitarismo extractivista estadounidense. Este desierto está siendo saqueado, y sus saqueadores han formado un estado con sus instituciones propias, otorgando solo oportunidades a sus compatriotas. El dardo cínico argumental a estas prácticas, es que, ante un incendio descontrolado en uno de los pozos, la respuesta de la Southern Oil Company es terminar con el incendio haciéndolo estallar con nitroglicerina. Moscas a martillazos.

cuando hablo del extractivismo

Y aquí se llega. Porque de la cárcel no se puede salir. Pero llega la oportunidad, y cuatro de estos marginales reciben una misión más que suicida. Una misión que hace que lo realizado por Keanu Reeves en Speed sea una chiquillada. Transportar dos camiones llenos de nitroglicerina a través de angostos caminos y empedradas sendas durante decenas de millas para que una de las explotaciones petrolíferas la reciba. Al mínimo roce, todo puede saltar por los aires. Los camiones no tienen medida de seguridad alguna, y los caminos a recorrer se caracterizan por los innumerables obstáculos (puentes rotos, tramos inundados, maleza, incertidumbre..) que presentan. Se caracterizan por no conocer el asfalto. Es aquí cuando estalla el miedo.

Cluzot da un volantazo y, sin renunciar a los preceptos expuestos, se mete hasta el fango en otro registro. Los cuatro personajes se embarcan en esta ruta suicida. Sesenta años desde que la filmase, y tres días después haberla visto, sigo siendo el pasajero número cinco. Atónito, temblando. Recibiendo cada bache como un clavo en mi ataúd. Cada piedra en el camino como un disparo sentido en la retaguardia. Más de la segunda mitad del metraje consigue mantenerse en una espiral de tensión ascendente sin llegar a resentirse en ningún momento. Con el rugir furioso de dos antiguos camiones y sus golpes con los baches como leitmotiv, con cuatro personajes cuyas apariencias se van desdibujando a medida que van siendo conscientes de que errar es morir, de descubrir que en realidad sí que tenían algo que perder, y que perder la vida es una ida sin vuelta.

Todo queda a un lado, y ahora el objeto de estudio es el miedo, las porosas fronteras entre miedo y valentía. Cuando la vida está en juego, cuando las circunstancias y las injustas reglas que mueven a la sociedad y al ser humano se alían y nos convierten en algo a lo que Baumann llamó daños colaterales, la condición humana es radiografiada y nos revela como en los momentos más fatídicos se muestra nuestro verdadero ser. Como las convenciones sociales se destierran cuando las expectativas no existen.

los4

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