La condición humana explicada por alguien con herraduras. Vuelve BoJack Horseman.

En una era plagada de Whites, Drapers y Underwoods, pocos podían presagiar que el personaje de ficción que se atrevería a hablar sobre la depresión y la adición sin tapujos sería un caballo de dibujos animados.

Bojack Horseman llegó a las pantallas de Netflix en 2014 y se convirtió al instante en una gran favorita de la crítica. Su creador Raphael Bob-Waksberg ha sido capaz de crear una de las comedias más audaces y divertidas del momento y, a la vez, una serie inteligente que se adentra donde el resto no se atreve.

Sin dar lecciones de moralidad y siempre con el tono decadente que la caracteriza, la historia profundiza en las drogas, el aborto, las relaciones personales y el inconformismo que rodean las vidas de un grupo de personajes imperfectos, que simplemente da la casualidad de que son caballos, gatos, conejos o orcas gogó.

BoJack Horseman (Will Arnett) es una antigua estrella televisiva que alcanzó la fama con “Retozando”, una sitcom noventera al más puro estilo de “Cosas de Casa”. Tras la cancelación de la serie nuestro protagonista no ha vuelto a hacer nada remarcable más que beber, vivir de las rentas y continuar siendo un gilipollas enamorado de su ego y con ínfulas de grandeza.

Acompañado de su agente Princess Carolyn (Amy Sedaris), su biógrafa Diane (Alison Brie) y su compañero de piso Todd (Aaron Paul), conocemos el viaje profesional y emocional de un BoJack obsesionado con volver a formar parte de la élite hollywoodiense, convencido de que solo esto le proporcionará la ansiada felicidad.

Sin embargo, a medida que avanza la serie también se presenta la teoría de que nuestro caballo preferido solo busca amar y ser amado, pero que existe una fuerza de autodestrucción que lo hace ir siempre a contracorriente de lo que realmente desea. BoJack es un simple atormentado que necesita varapalos continuos para darse cuenta de su propia toxicidad. La insatisfacción pervive por muchos sueños que cumpla y no hay moralejas que aprender de ello, solo un día más por vivir.

Pero tranquilos, guardad el Prozac, BoJack es también una serie hilarante, surrealista y desquiciada. Con un humor y una coherencia magistral (el episodio de la tercera temporada “Fish Out of Water” fue catalogado por la revista Times como el mejor momento televisivo de 2016), y un reparto de estrellas invitadas por el que mataría cualquier productor de Hollywood (Melissa Leo, Paul McCartney, Margo Martindale, JK Simmons).

A pesar de estar en las antípodas de las sitcoms noventeras que parodia, la serie de Waksberg comparte algo en común con ellas; la cercanía. Durante sus treinta minutos de duración nos hace entender a esta colección de variopintos y destrozados personajes, mucho más humanos que todo el reparto de Gym Tony. Por un momento la soledad desaparece, nos reímos de sus incoherentes decisiones y, aunque nos destroce por dentro, los acompañamos en su camino a los infiernos. Eso sí, relinchando hasta el final.

La cuarta temporada de BoJack Horseman se estrena en Netflix el próximo 8 de septiembre.

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