La Bella y la Bestia. O como Disney ha decidido destrozar los recuerdos de tu infancia

Solo hay una cosa que guste mas en la compañía Disney que el merchandising, y eso son los remakes. A pesar de que en los últimos años los proyectos originales de la compañía han sido mas que notables (gracias en parte a la unión con los maravillosos creativos de Pixar), el imperio cinematográfico parece que no termina de encontrar la formula mágica que tan buenos resultados les dio en la década de los noventa con películas como El Rey LeónAladdin o La Sirenita.

En 1991 la compañía alcanzó la gloria con un maravilloso musical que contaba con una novedosa tecnología, una banda sonora ejemplarmente compuesta por Alan Menkel  y un personaje protagonista que rompía con las princesas perfectas y obsesionadas con encontrar el amor que Disney nos había presentado anteriormente. La Bella y la Bestia no solo consiguió ser una de las películas mas taquilleras de su año, sino que alcanzó algo que ninguna otra cinta animada había logrado antes, la nominación al Oscar como mejor película. La introducción de la animación por ordenador dotó a los creativos de la compañía de la capacidad de crear escenas tan memorables como el primer baile entre Bella y Bestia o la maravillosa y ecléctica canción Que Festín.

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En 2016 y tras los aceptables éxitos de Maléfica, Cenicienta o El libro de la selva, la compañía Disney anunció que sus siguientes proyectos  serían las adaptaciones en imagen real de algunos de sus grandes éxitos entre los que se encontraba La Bella y la Bestia. El proyecto entusiasmó a los fanáticos de la película sobre todo al desvelar parte del reparto y equipo de producción que se había elegido para llevarlo a cabo. Con los primeros tráilers e imágenes promocionales llegaron también las primeras sospechas y críticas, pero la esperanza de volver a disfrutar de una de las mejores historias de nuestra infancia nos hizo aferrarnos a la idea de que la película sería, tal y como nos prometían, una experiencia inolvidable.

En Sonwall hemos tenido la suerte (o la desgracia) de poder visionar la cinta y la única palabra que hemos encontrado para definirla es mediocridad. La Bella y la Bestia es como si Justin Timberlake hiciese una cover de una canción de Bob Dylan, tararearías y apreciarías la letra pero el sentimiento que te provocaría sería el vacío más absoluto.

A nivel interpretativo nos encontramos ante otra oportunidad perdida de Emma Watson de demostrar sus dotes actorales, la inexistente química entre ella y la Bestia (interpretada por Dan Stevens de Downton Abbey) y su más que obvio esfuerzo por demostrar al público que su personaje es una mujer independiente y culta a la vez “enamorada del amor”.

Los secundarios tampoco se salvan a excepción de Gastón, ya que el actor Luke Evans y su mentón nacieron para interpretar ese papel. Los sirvientes de la Bestia que nos enamoraron en la película original con su carisma y su humanidad pasan aquí a dar toda la grima posible debido en parte al abuso de una ineficiente animación CGI que aleja al espectador.

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Esta animación también contribuye a que los escenarios de la historia, que en la versión original eran envolventes y cálidos, provoquen aquí una sensación de que todo este fabricado con el mismo cartón piedra de las obras teatrales que hacíamos en el colegio.
Es por todos conocido la importancia que Disney da a la comercialidad de las bandas sonoras de sus películas (todos hemos tarareado Hakuna Matata o Príncipe Ali hasta provocar la desesperación de nuestros padres) pero en La Bella y la Bestia las canciones también eran una parte importante del arco narrativo de la historia.

El ejemplo más notable sería “Bonjour”, la primera canción de la cinta, en la que se nos presenta a la protagonista, su pueblo (en el que todo el mundo habla inglés con acento francés), y lo más importante, como Bella no pertenece ni encaja con sus superficiales vecinos.

A la hora de adaptar la música original la nueva versión no sólo no cumple las expectativas si no que en su esfuerzo por hacerlas más actuales y accesibles acaba alargándolas y privándolas de cualquier atisbo de emoción ( además de que han eliminado la frase favorita de una servidora: “Marie, las baguettes”)

 

Podríamos continuar enumerando los fallos de la película como el cutre diseño de vestuario o la recargada fotografía pero contribuiría a aumentar nuestra desesperanza de cara a las futuras adaptaciones en imagen real que Disney ha anunciado (La Sirenita, Mulán y El Rey León).

Algo falla en la industria cinematográfica para decidir reescribir historias tan maravillosas de una manera tan torpe y carente de emociones en las que nos dejan claro que su obsesión por vivir de la nostalgia se les ha ido definitivamente de las manos.

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Laura Santos
@lauroncio

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